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Poeta, ensayista y narrador dominicano. Es miembro de la Generación de Post Guerra.

Libros Publicados Poesía: Huellas de la ira, Salvo error ú omisión, Pablo Mamá, Ardiente pasión por la palabra, Textos en contexto, Don Quijote. Novela: La última noche del tratante, Papá Bonito. Teatro: José Francisco Peña Gómez. Cuentos: Rompan fila y viva el jefe. Ensayos: La joven poesía dominicana, Apuntes para una historia cultural de San Pedro de Macorís. Con Facer la América (El anti libro de los descubrimientos) Federico Jóvine Bermúdez incursiona nuevamente en el género de la poesía.

miércoles, 8 de abril de 2015

Nueva novela de Federico Jovine Bermúdez



Federico Jovine Bermúdez nació en San Pedro de Macorís en 1944, pertenece al grupo llamado Poetas de Post Guerra, proyección en el tiempo de la llamada Generación del 60. Ha sido traducido al Inglés, Francés, Alemán y al Italiano y es el único escritor dominicano que aparece junto a Gabriel García Márquez, Wole Soyinka, Evgueni Yevtushenko, Carlos Fuentes, Carmen Naranjo, Carlos Cruz Diez, Woody Allen, y otros distinguidos intelectuales de las Artes y la Literatura universal en la "Antología Strawberry Fields", homenaje que le fuera rendido a John Lennon por la Casa de América Latina y la UNESCO, editada en París (1999). Federico Jovine Bermúdez es reconocido como autor de una prolífica obra que le ha hecho incursionar en distintos géneros literarios, con los libros citados a continuación: Poesía: Huellas de la Ira, Salvo Error ú Omisión, Pablo Mamá, Ardiente Pasión por la Palabras, Textos en Contextos. Facer la América, Pasión de Jesús, y El amor siempre tendrá tu nombre. Cuentos: Rompan Filas y Viva el Jefe. Teatro: José Francisco Peña Gómez, poema dramático en un acto escenificado en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito y en la Sala de la República del Gran Teatro de la Restauración de Santiago. Así como "Liturgia de amor", aún sin estrenar. Novela: La última noche del Tratante, Papá Bonito, La Huida, Osorio, Te atreverías a Saltar, A la sombra del Campeche y Vuevencia. Ensayo: A lomo de Rocinante (2010), El ocaso de la verdad dominicana (el dramático signo de nuestra incomprensión), en preparación. Y el texto homenaje a los intelectuales más señeros de San pedro de Macorís, con el título de El viejo Macorís de los poetas eternos. Actualmente el poeta Federico Jovine Bermúdez trabaja en la plasmación de una serie de obras que ha venido a crear como un sencillo aporte a la actividad cultural dominicana. Recientemente el Honorable Ayuntamiento de San Pedro de Macorís le ha conferido la elevadisima condición de Hijo Meritísimo de aquella adorada ciudad natal.

Vuecencia de Federico Jovine Bermúdez consta de 24 capítulos y 238 páginas.

Es un libro de Ediciones Alambique de Letras
ISBN: 978-9945-08-259-3
Diagramación:
Alexandra Deschamps
Impresión:
Editora Búho S. R. L.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Federico Jóvine Bermúdez

Invito formalmente a la puesta en circulación de mi Libro Memoria Gris de las Devastaciones,
Sala Aída Bonnelly de Díaz, Teatro Nacional,
el día Lunes 12 (próximo lunes) a las 7:00PM invita a los otros poetas....

Federico Jóvine Bermúdez

Poeta, ensayista y narrador dominicano. 
Es miembro de la Generación de Post Guerra.

Libros Publicados

Poesía: Huellas de la ira, Salvo error ú omisión, Pablo Mamá, Ardiente pasión por la palabra, Textos en contexto, Don Quijote.
Novela: La última noche del tratante, Papá Bonito.
Teatro: José Francisco Peña Gómez.
Cuentos: Rompan fila y viva el jefe.
Ensayos: La joven poesía dominicana, Apuntes para una historia cultural de San Pedro de Macorís.
Con Facer la América (El anti libro de los descubrimientos) Federico Jóvine Bermúdez incursiona nuevamente en el género de la poesía.

domingo, 4 de septiembre de 2011

"A lomo de Rocinante", ensayo de Federico Jovine Bermúdez

“A lomo de Rocinante” ya está en circulación
La obra de la autoría de Federico Jovine Bermúdez fue presentada en la Terraza de la Biblioteca Juan Bosch

(Santo Domingo, 27 de octubre de 2009).- El poeta Federico Jovine Bermúdez puso en circulación, este martes 27 en la Terraza de la Biblioteca Juan Bosch, su libro de ensayos “A lomo de Rocinante”.

La presentación estuvo a cargo de Mateo Morrison, quien habló sobre el género literario denominado ensayo, denominándolo como el “centauro de los géneros”.

Como cualidades necesarias para un buen ensayo, Morrison destacó la precisión, la claridad, la sencillez y la originalidad, todas estas contenidas en la obra de Jovine.

“Leer este libro es atravesar nuestra realidad circundante. Su valor viene dado no sólo por lo que dice, sino cómo lo dice”.

Una tertulia para una puesta en circulación



Una tertulia para una puesta en circulación
El autor de la obra Federico Jóvine Bermúdez junto a Marcela de Mirabal.
Marilyn Ventura | ACTUALIZADO 20.03.2010 - 4:53 pm
La tradicional tertulia “El oficio de la palabra” esta vez tuvo un matiz diferente, ya que fue puesta a circular la obra “Al lomo de Rocinante”, del escritor y poeta, Federico Jóvine Bermúdez..
Como de costumbre el bar Moisés Zouain del Gran Teatro del Cibao, fue escenario para congregar amigos, invitados especiales y amantes de la literatura.
El autor es un reconocido dominicano, ensayista, poeta y narrador, miembro de la generación de Post Guerra, ha escrito en varios géneros literarios que van desde la poesía, y el ensayo, hasta la novela y los cuentos.
“Al lomo de Rocinante”, constituye un interesante ensayo, por lo que dentro de la tertulia el autor habló sobre su obra y sus motivaciones, y por supuesto sobre el Rocinante, lo que se conoce como nombre del caballo en la obra famosa de la literatura universal, “Don Quijote de la Mancha”, libro de Don Miguel de Cervantes.
Bermúdez ha publicado libros de poesías como: “Salvo error u omisión”, “Don Quijote”, “Textos en Contexto”,  “Ardiente Pasión por la Palabra”,  “Pablo Mamá”,   “Huellas de la Ira”.

Además tiene en su carpeta obras de teatro como “José Francisco Peña Gómez”, el cuento: “Rompan Fila y Viva el Jefe”, las novelas: “La Ultima Noche del Tratante”, “Papá Bonito” y ensayos: La Joven Poesía Dominicana”, “Apuntes para una Historia Cultural de San Pedro de Macorís”,  y otros.


La tertulia literaria, que organiza Marcela de Mirabal, se realiza el tercer miércoles de cada mes, y es un espacio cultural abierto que se organiza para dar cabida a las realizaciones y producciones de los artistas, escritores, poetas y gestores culturales.

La poesia de Post-guerra

     LA POESIA DE POSTGUERRA. Los poetas de post-guerra fueron aquellos que, en pleno desarrollo de la Guerra de abril de 1965 y durante la primera década que siguió a ésta, pusieron la protesta en primer plano y asumieron el compromiso histórico de repudiar incondicionalmente la segunda intervención norteamericana a la República Dominicana al tiempo que intentaron, a través de su canto, de sepultar para siempre el espíritu diabólico de la tiranía trujillista, rechazando toda posibilidad de supresión de las libertades individuales. Los Poetas de post-guerra hay que dividirlos en dos categorías: poetas escogidos y poetas excluidos 42.

      Los escogidos fueron aquellos que encontraron protección y apoyo  en las páginas del suplemento literario Aquí, del periódico La Noticia, bajo la dirección de Mateo Morrison, uno de los principales representantes de dicha promoción. Entre los que disfrutaron el privilegio de figurar entre los escogidos estaban: Norberto James Rawlings, Enriquillo Sánchez, Andrés L. Mateo, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio, Federico Jóvine Bermúdez, Tony Raful, José Molinaza, Soledad Alvarez, Miguel Aníbal Perdomo y Luis Manuel Ledesma. Los excluidos nunca o muy escasas veces tuvieron acceso a las páginas de Aquí, el medio que difundió más ampliamente la producción literaria de entonces. Entre los principales excluidos se destacan: José Enrique García, Josefina de la Cruz, René Rodríguez Soriano, Pedro Pablo Fernández Tomás Modesto Galán, Radhamés Reyes Vásquez, Wilfredo Lozano, Domingo de los Santos y Chiqui Vicioso. 

       A partir de 1965 aparecieron varias agrupaciones literarias que funcionaban como peque-ños talleres literarios. En ellas se reunían los Independientes del 48, los poetas de la Generación del 60 y los Poetas post-guerra. El orden de aparición de estas agrupaciones es como sigue: El Puño (1966), en la que militaban Iván García, Miguel Alfonseca,  Enriquillo Sánchez, René del Risco Bermúdez, Ramón Francisco y Marcio Veloz Maggiolo; La isla (1967), integrada por Antonio Lockward Artiles, Wilfredo Lozano,  Norberto James Rawlings, Andrés L. Mateo y Fernando Sánchez Martínez; La antorcha (1967), que agrupaba a Mateo Morrison, Soledad Al-varez, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Rafael Abreu Mejía; La máscara (1968), compuesto por Aquiles Azar, Héctor Díaz Polanco y Lourdes Billini43. Al mismo tiempo funcionaba el Movimiento Cultural Universitario (MCU), que reunía en sus secciones sabatinas de literatura a casi todos los grupos antes mencionados, más los poetas y escritores que provenían de los clubes culturales localizados en los barrios marginados de Santo Domingo  y que no pertenecían a ninguna parcela literaria.

       El impulso logrado por las letras nacionales inmediatamente después de la Guerra de abril de 1965 no se limitó sólo a la ciudad de Santo Domingo.  En varias provincias del país se formaron círculos literarios, casi siempre ignorados por los intelectuales de la capital, que sirvieron para estimular a jóvenes provincianos cuyos escritos no tenían cabida en los escasos medios de difusión existentes. De esa forma se sumaron a la bibliografía literaria dominicana los nombres de Manuel Mora Serrano y Francisco Nolasco Cordero, fundadores del Grupo Amidado, en sus diferentes etapas: "Manuel Mora Serrano, Francisco Nolasco Cordero, Alberto Peña Lebrón, Héctor Amarante, Cayo Claudio Espinal, José Enrique  García, Elpidio Guillén Peña, Orlando Morel, Pedro Pompeyo Rosario, Pedro José Gris, Emelda Ramos, Rafael Castillo y Sally Rodríguez". La publicación de poemarios fue escasa entre 1965 y 1970, los medios más utilizados por los poetas para divulgar sus obras fueron los  recitales y lecturas en clubes cul-turales, parques,  estadios deportivos y otros lugares públicos.

       En la década de los 70, espe-cialmente los cuatro primeros años, la publicación de poemarios se redujo considerablemente. Entre 1971 y 1973 se publicaron los siguientes poemarios: Imperio del grito (Radhamés Reyes Vásquez, 1971), La luz abre un paréntesis (Rafael Abreu Mejía, 1971), Raíces de la hora  (Domingo de los Santos,  1971), Los poemas del ferrocarril central (Lockward Artiles, 1971), Juegos reunidos (Pedro Vergés, 1971), La provincia sublevada (Norberto James Rawlings, 1972), Fórmulas para combatir el miedo (Jeannette Miller, 1972), El diario acontecer (Pedro Caro, 1972), La poesía y el tiempo (Tony Raful, 1972), Poemas decididamente fuñones (Apolinar Núñez, 1972), Oficio de post-muerte, (Alexis Gómez Rosa, 1973), Desde la presencia del mar hasta el centro de la vida (Enrique Eusebio, 1973), Ultimo universo (José Molinaza, 1973), La esperanza y el yunque (Wilfredo Lozano, 1973), La muerte en el combate (Radhamés Reyes Vásquez, 1973), Canto a mi pueblo sufrido  (Franklin Gutiérrez, 1973),  Gestión de alborada (Tony Raful, 1973), Aniversario del dolor (Mateo Morrison, 1973) y Poemas sorpresivos (Apolinar Núñez, 1973). Los títulos de dichos poemarios sugieren el tipo de discurso poético practicado por los Poetas de post-guerra para testimoniar el estado de descomposición del pueblo dominicano. Fue una poesía en la que coexistieron la sangre y el dolor; en la que la situación política reinante predominó por encima de todo y en la que, además, no importaba mucho la expresión artística, sino la comunicación directa con la colectividad.

        En 1975 se inició, repentinamente, una etapa de aletargamiento que afectó la producción de muchos de esos poetas. Algunos redujeron de forma notable su trabajo creativo y otros desaparecieron del ambiente literario sometiéndose a un proceso de autorreflexión que se extendió hasta 1980, año a partir del cual varios de ellos (Pedro Vergés, Tony Raful, Andrés L. Mateo, Franklin Gutiérrez, Radhamés Reyes Vásquez, Jeannette Miller y otros), dieron a la pu-blicidad nuevos poemarios y comenzaron a cultivar otros géneros, especialmente la novela, el cuento y el ensayo crítico. Al referirse a la poesía escrita en el país entre 1961 y 1978,  el poeta Víctor Villegas dice: "Independientemente de que cada promoción careció,  ostensiblemente,  de un liderazgo firme y continuado, lo que no su- cedió con sus antecesores inmediatos,  no hubo, en sentido general, en aquellos jóvenes poetas, plena conciencia de la esencia y naturaleza verdadera de la poesía, lo que explica, por demás, su desvinculación con el pasado, sobre todo con la obra poética realizada en el país a partir del Postumismo.  Pasado político y pasado literario no fueron separados por ellos,  y  en un afán de borrar esos vestigios se emprendió la tarea de  crear una poesía desde cero, con la sola aceptación de obras y autores dominicanos que recién llegaban del exilio"46.

       Interesado en defender lo que él llama Generación del 65, Alberto Baeza Flores, insinúa que la producción de los poetas de la Generación  del 60, especialmente los de Post-guerra, motivada e influenciada por la poesía de Pablo Neruda, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Ro-berto Juarroz y Roque Dalton, mantuvo la misma calidad y altura de la poesía que se escribía en el resto de Latinoamérica en aquel momento.

       Es indudable que algunos textos de Miguel Alfonseca ("La guerra y los cantos"), Jacques Viaux ("Nada permanece tanto como el llanto"), René del Risco (El viento frío) y otros de Andrés L. Mateo ("Portal de un mundo") y Norberto James Rawlings ("Los inmigrantes"), son buenos ejemplos de poesía social porque su valor estético y su planteamiento de la problemática política los distancia del resto de la producción de esos años. Sin embargo, una hojeada a la poesía mexicana (José Carlos Becerra, 1936-1970  y  José  Emilio  Pacheco, 1939); peruana  (Antonio Cisneros, 1942); cubana (Luis Rogelio Nogueras, 1944); colombiana (Gustavo Cobo Borda, 1948); chilena (Raúl Barrientos, 1948) de las décadas de los 60 y 70, sirve para desautorizar las afirmaciones de Alberto Baeza Flores. 
 
       Los poetas de la Generación del 60 y de Post-guerra perseguían ideales comunes, luchaban por las mismas causas y se alimentaron de las  mismas vivencias y de los mismos recuerdos. Pero el tono excesivamente político y combativo de su poesía,  encauzó su  producción por  una ruta  que se acercaba más a un proyecto bélico que a un proyecto literario.  Los poetas de la Generación del 60, en sus dos períodos, no supieron, en la mayoría de los casos, distinguir entre lo artístico y lo político y llevaron la poesía a tal grado de compromiso con la realidad que su obra, en muchos casos, adquirió categoría de panfleto. Ello explica el que la producción poética dominicana del período 1961-1978 se acerque más al documento histórico que a la obra literaria. Los poetas de dicho período dejaron un testimonio valioso de la situación política y del descontento social que vivió el país durante esos años; pero les negaron a la literatura nacional una poesía capaz de representar artísticamente las razones históricas que la motivaron.

Declaración de los artistas

      El arte vive dentro de un compromiso contraído ineludiblemente con la sociedad  y el tiempo  que lo crean.  Los artistas dominicanos,  conscientes en todo momento de esta responsabilidad, hemos participado en la lucha desarrollada heroicamente por el pueblo de la República Dominicana. Y seguimos participando en su firme decisión de mantener en la mesa de conferencias los principios fundamentales de esta lucha. El arte, integrado como actividad colaeral a la lucha armada, ha constituido una fuente de impulso al espíritu indomable que man-tuvo en la trinchera vivo el heroísmo e inagotable la fuerza.

     Nuestra sociedad es ésta y éste es nuestro tiempo. Los artistas no hemos vacilado en aca-tar este designio histórico  y, yendo más allá,  realizamos aportes de inestimables valor al martirologio de la revolución. Hoy, cuando se busca por los caminos de la paz la solución real al conflicto que llevó al pueblo a las armas, consideramos como un deber ineludible alzar nuestras voces para que el mundo sepa que hemos estado junto al pueblo y que como siempre estaremos dispuestos  a combatir con el arte como arma y escudo. Los  artistas  dominicanos  hemos  padecido con indignación en la sangre el atropello incalificable contra la Soberanía Nacional que una potencia extranjera, por la razón de su fuerza,  ha perpetrado con la República.

     Y en defensa de esa soberanía nos lanzamos al combate.  Los artistas dominicanos hemos visto con amargas lágrimas en los ojos el asiento descarado de la tropa extranjera para con-sumar la violación flagrante no sólo a la Soberanía Nacional sino a la Libre Determinación que como pueblo tiene la patria muy bien ganada.

     Y en defensa de esa soberanía y de ese inalienable derecho de auto determinación esta-mos dispuestos a continuar combatiendo en los campos honrosos de la negociación.
     Hemos cumplido con nuestro deber y seguiremos cumpliendo. Porque el arte, cuando no es fiel expresión de las agonías y de las esperanzas del pueblo que a través de su propia existencia lo sugiere, abandona por completo su raíz esencialmente humana y humanitaria.

     Los artistas dominicanos, conscientes de haber cumplido con nuestro deber y conscientes también de la autoridad y responsabilidad que debemos asumir en estos momentos, no vacilamos en ofrecer al Gobierno Constitucional un amplio voto de apoyo y reconocimiento, tanto por su posición en las horas dramáticas de la guerra como por su posición en los momentos difíciles de las negociaciones pacíficas.

      Presentes, pues, hemos dicho los artistas en esta lucha de los hombres de la República Dominicana por la libertad, por la justicia social, por la democracia.

En Santo Domingo, a 4 de julio de 1966
República Dominicana      

BALAGUER NUNCA FUE DOCTOR

Por Franklin Gutiérrez


     El escritor es un ser rebelde por naturaleza en cuyo mundo iluso, fantástico y de imágenes literarias ocurren fenómenos exclusivos de su propia realidad. Cada escritor tiene dos fantasmas, uno que lo persigue y otro a quien él persigue. El fantasma perseguido por el escritor aparece en todas partes, en múltiples formas, tratando de adueñarse de sus palabras e ideas; el perseguidor pocas veces se deja atrapar, pues se refugia en un túnel triturador de los secretos de la creación. La lucha del escritor contra esas dos fuerzas fantasmagóricas lo sitúa en una perspectiva distinta a la de la realidad cotidiana. De ahí que muchos escritores rechacen lo pragmático convencional y, eventualmente, lo académico. El número de escritores dominicanos que ha desertado de las aulas argumentando que la educación formal atrofia el talento creativo y quiebra las alas a las musas, es sorprendente. Sólo pensemos en Fabio Fiallo, José Ramón López, Domingo Moreno Jimenes, Rafael Damirón, Tomás Hernández Franco, Juan Bosch, Manuel del Cabral, Ramón Marrero Aristy, Franklin Mieses Burgos y Alfredo Fernández Simó, entre otros, cuyo nivel académico no rebasó la escuela secundaria, empero su obra es fundamental en la configuración del esqueleto literario nacional. Otros autores más jóvenes como Radhamés Reyes Vásquez, Pedro Antonio Valdez y Adrián Javier han demostrado que no es imprescindible tener un título universitario para ser un buen escritor. 
     Pero ocurre que en República Dominicana, un país cuya población es mayormente exhibicionista y ostentadora, usar un título profesional como ingeniero, licenciado o doctor, además de prestigio concede al usuario un estatus muchas veces superior al proporcionado por el dinero. Para los sicólogos esa actitud es una desviación de la personalidad conducente a la megalomanía, para los oficiantes de dicha práctica, en cambio, es una actividad aparentemente saludable y ocasionalmente beneficiosa.     
     Cuando una persona ha cursado y completado un grado universitario, designarlo con el título académico obtenido se entiende como un reconocimiento a los años de esfuerzo y sacrificio invertidos en las aulas universitarias. El asunto llama la atención y mueve a suspicacia cuando alguien con estudios equivalentes a una educación media o secundaria exhibe orgullosamente un título académico superior. Hay cleptómanos de títulos tan atrevidos que ellos mismos se titulan. Por suerte son los menos porque se necesita coraje napoleónico para colgarse sobre sí mismo un título que no se posee, sin que la conciencia se retuerza parcialmente. También están los que obtienen sus títulos del vulgo, es decir, de adulones, mitómanos y subalternos. Es común en nuestro medio llamar ingeniero a un constructor de viviendas, abogado a cualquier pica pleitos en un tribunal y licenciado a un funcionario estatal o privado cuya profesión es de dudosa comprobación. 
     En Europa y los Estados Unidos el título de doctor se reserva para quienes han obtenido un Ph.D. en cualquier área y para los médicos, y sólo se recurre al uso del mismo cuando la circunstancia lo demanda. A los licenciados, entre tanto, se les llama simplemente señor o señora. En cambio, en República Dominicana el hábito de preceder el nombre de una persona con un título académico es tan común que no ruboriza a nadie. Incluso en las reuniones de amigos profesionales vuelan títulos como palomas mensajeras de otoño. 
     Lo curioso es que casi nadie rechaza el título que se le imputa, incluso muchos lo aceptan complacidamente como si se tratara de lamer un caramelo o tomarse un refrigerio en pleno agosto para disipar el calor. Diógenes Valdez y Federico Jóvine Bermúdez, por ejemplo, son dos escritores locales con una obra respetable. Valdez ha sido galardonado con el premio Nacional de Cuento en tres ocasiones y con el premio de novela Siboney una vez. Bermúdez, por su parte, además de pertenecer a una familia de escritores notables, de la estatura de Luis Arturo Bermúdez, Federico Bermúdez y René del Risco Bermúdez, tiene una obra poética y narrativa con sello propio, capaz de sostenerse sin bastón alguno. Pero por diversas razones ambos abandonaron los estudios universitarios antes de titularse. Sin embargo, en el caso de Valdez todo parece indicar que sus funciones como Director de la Biblioteca República Dominicana adquiere otra categoría cuando antepone a su nombre el título de licenciado en su tarjeta de presentación personal. Bermúdez, Comisionado de Cultura del Banco de Reservas, ha escuchado tanto a sus subalternos llamarlo licenciado que ya se ha acostumbrado a ello.
     Cuando los entrevisté con el propósito elaborar sus fichas personales para un proyecto bibliográfico, ambos me confesaron ser licenciados gracias a la generosidad de amigos, familiares y subalternos. Es incuestionable que ni Diógenes Valdez ni Jovine Bermúdez necesitan títulos universitarios para brillar, pues sus méritos como intelectuales y escritores superan los de muchos titulados de las mejores universidades, pero ellos, como otro buen número de dominicanos graduados gracias a la generosidad de amigos, familiares y subalternos, aceptan con beneplácito el título. Recientemente el escritor Odalís G. Pérez publicó un voluminoso libro titulado La ideología rota en el que además de acusar a Manuel Núñez no sólo de plagiar y adherirse al discurso negrofóbico de Peña Batlle, sino también de apoderarse de un título doctor en Lingüística que no posee. Menciono estos tres casos por mi conocimiento de ellos, pero similares a estos hay miles en toda la geografía nacional.   
     Joaquín Balaguer es el dominicano que durante más tiempo exhibió un grado de doctor que nunca tuvo. Ocurre que Balaguer se licenció en derecho el 8 de junio de 1929 en la Universidad de Santo Domingo. Posteriormente, en 1933, mientras desempeñaba la función de primer Secretario de la Legación Dominicana en París, inició los estudios doctorales en derecho en la Universidad de París del barrio latino Quartier Latin, pero apenas cursó un par de materias porque al año siguiente fue trasladado a la Legación Dominicana en Madrid. Desde su regreso de España en 1934 hasta el presente nadie se refiere al Joaquín Balaguer como licenciado, sino como doctor. A los adeptos de Balaguer esto puede saberle a profanación, mas el propio Balaguer lo confirma, primero en Memorias de un cortesano en la Era de Trujillo (Pags. 430-32) y luego en una entrevista concedida por éste al escritor Diógenes Céspedes, publicada en el periódico El Siglo el 2 de junio del 2001. La adjudicación del título de doctor a Balaguer se explica fácilmente. Desde su inicio como funcionario público del gobierno de Trujillo en 1931 hasta su muerte, siempre encontró ciudadanos comunes, empleados gubernamentales y profesionales adulones dispuestos a sobreestimarlo. A decir verdad, Balaguer jamás necesitó un doctorado para su desempeño profesional, pero tampoco nunca rechazó el diploma conferido por quienes se dedicaron a endiosarlo.

Islario


Por Adrián Javier (lapalabraencinta@gmail.com)
Ya se sabe que Federico Jóvine Bermúdez (1944) mantiene un apetito voraz, por todo aquello que atenúe su inmensa e infatigable curiosidad de ostión impenitente, de gen lírico, maravillado, fantasmagórico y litigante.
Que los más importantes asuntos de cama y mesa, no le han sido nunca indiferentes, y que del mismo modo, jamás han dejado de fascinarle las negras en celo, de dientes casi perfectos; las rubias desmemoriadas, de pelo largo y falta corta, y las trigueñas mudas, de ojos grandes, encandilantes; traviesas, aventureras y ludópatas; como los mejores amigos del poeta cuando era niño, en su inolvidable e irrepetible “Macorís del Mar”.
Desde pequeño, le tuvo clarísimo a  Jovine Bermúdez, que su paso por esta tierra estaba cifrado para el disfrute pleno del mirar, el decir y el sentir. De ahí su placer por el recuerdo de las tardes marinas del Macorís de su adolescencia; el paseo enamorado por su malecón, ya casi hombre, y el pagano enchumbe en el corazón de sus insuperables delicias culinarias, pasado el meridiano.
Con manos de Mir (Pedro), voz de Plácido (Domingo), fuselaje de cóndor americano y proporciones fenotípicas de Pavarotti (Luciano), el Jovine Bermúdez de estos 66 años, ha sabido alzar su voz hasta donde habita el trueno, y defender con uña y pluma su historia de primacias, frente a cualquier despropósito e intención malediciente de viejos piratas o corsarios de nuevos cuño.
Llegando a constituirse en una  extraña y humanísima paradoja: puesto que, en obra y vida, ha combinado el coraje del combatiente en permanente resistencia cultural, con la del hombre de modales y mentalidad cosmopolita; siempre primero en los festejos; hedonista, elegante, sarcástico, prudente, ingenioso, meticuloso, y sin ningún remedio ni asomo de dudas; hablador, seductor, memoriólogo, cumbanchero y vivaracho.
¡Todo un bon vivant! Genuino, creativo y letrado; cuya modesta distinción en el plano de los “considerandos” emitidos como compendios del “decreto fraterno”, firmado hoy por sus queridos, se ha dado el lujo de prescindir de las bajas e infértiles componendas,  fraguadas en pecaminosas capillas intelectuales y en peligrosas e inmorales sacristías políticas.
En la vida y obra de Federico Jovine Bermúdez, nada, aunque bien lo parezca,  ha sucedido al azar. Todo ha sido fruto y consecuencia de la mágica transparencia de su naturaleza, y de la intención evocadora y madrugante de  su corazón.
¡Ayúdenme pues, amigos, a reconocerlo junto a Unión Latina, como lo que siempre ha sido: un Gran Caballero del Poema, de la noble catadura del rocío y la palabra empeñada!